miércoles, 1 de abril de 2015

La pluma

El escritor estuvo trabajando durante horas delante del ordenador sin percatarse de la presencia de la pluma. Cuando iba a hacer clic sobre la opción «Apagar», reparó en ella. Blanca, canija y sin fuste, había estado todo el tiempo bajo la barra espaciadora. La cogió con curiosidad, giró un par de veces los dedos a ambos lados para inspeccionarla bien y la dejó a su izquierda sin más. Volvió a fijar su atención en la pantalla; fue entonces cuando recordó que le faltaba algo al último documento editado. Lo abrió y firmó al final de la página:

«El Patito Feo»

miércoles, 25 de marzo de 2015

La búsqueda

Entraron hasta el fondo, sin avisar, sin llamar a la puerta. Recorrieron todas las habitaciones, vaciaron los cajones y armarios, pero no encontraron lo que buscaban. La verdad solo la conozco yo y la guardo en mi corazón.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Superventas

El escritor, frustrado por la ausencia de inspiración y presionado por su editor, decidió dedicarse aquella noche a escribir, única y exclusivamente. Nada de música de fondo, ni copa ni cigarro.
Esperó a que todos durmieran. Ya llevaba puesto el pijama cuando se sentó delante del portátil; se colocó cara a la pared como si estuviera castigado para evitar cualquier distracción. Permaneció con las manos sobre el teclado durante unos minutos. Cuando sus dedos, colocados en las letras correspondientes, empezaron a temblar los retiró en puños, con ganas de golpear la máquina o, porqué no, su propia cabeza.
«¿Dónde estáis, malditas?», preguntó apretando los dientes, reteniendo su rabia.
Balanceaba su cuerpo sobre la silla, cerraba los ojos con fuerza y los abría mirando por encima de sus gafas esperando encontrar una palabra, le daba igual la que fuese, una cualquiera que le permitiera comenzar una historia.
«No puede ser, joder. Nueve novelas, siete recopilaciones de relatos, hasta libros de poesía... ¡Y no se me sale nada! ¡Ay, madre, estoy fatal!», gritó en su despacho. Justo después se oyó un shhhh que provenía de su cuarto. «Bruja», le dedicó en un susurro a su esposa mientras se servía la primera copa de coñac. Poco después perdió la cuenta.
Hacia las cinco de la madrugada se despertó babeando sobre su escritorio. «Soy un fracasado», dijo entre sollozos. Con la cabeza aún de lado sobre la madera, se fijó en los ejemplares que lucían en su biblioteca, a un lado de la habitación. Entonces algo se iluminó en su mirada, por fin había encontrado la solución a su bloqueo. Con su cuerpo todavía tambaleante debido al alcohol, se acercó a ellos. Los olió con ahínco, los acarició con lascivia y seleccionó varios al azar sin importar el género literario.
Abrió el primero por cualquier sitio y arrancó la hoja de la derecha. Después hizo girar un bolígrafo por encima y donde paró, copió en su documento de Word la palabra a la que apuntaba. Hizo lo mismo con el segundo, con el tercero... con todos. Solo cambio el orden de arranque de las páginas, alternando derecha e izquierda.
Cualquiera pensaría que aquel hombre estaba loco, hasta su familia lo hizo después de verlo destrozar prácticamente todos los libros de la casa, incluyendo los de recetas de cocina y hasta la guía telefónica. Estuvo días, meses, elaborando aquella absurda obra. El texto no tenía ni pies ni cabeza, no había concordancia, a veces ni verbos, solo palabras, unas detrás de otras. Las únicas que se permitió el lujo de escribir dentro de una más que improbable cordura fueron las de la dedicatoria:

«A mi esposa, la arpía que se queja de mis gritos cuando no hay dios que aguante sus ronquidos,
Y en especial a mi editor, eres un cabrón desalmado y te odio, bien lo sabes.»

En pocos días se convirtió en superventas. Consiguió contentar a su jefe, no tanto a su mujer, pero sobre todo, consiguió volver a dormir tranquilo aunque solo.

martes, 17 de marzo de 2015

La bolsa o la vida

―Los dos muchachos se acercaron a ella, se colocaron uno a cada lado. El más joven sacó una navaja y le preguntó: «¿La bolsa o la vida?». La mujer dejó escapar un leve suspiro, se colocó el pelo y se abrió la chaqueta. Los chicos se miraron extrañados. El del arma, nervioso, volvió a preguntarle: «Venga, vieja, decide ya». Ella se despidió mirando hacia la bolsa y dijo decidida: «La vida» ―narró el testigo al agente.
―¿Está seguro?
Lo que no sabían es que en la bolsa llevaba una cajita de lata y en ella, las cenizas de su marido.

jueves, 12 de marzo de 2015

Adicción

—Chico, ponme otra —pidió señalando la copa vacía.
—¿No cree que ya ha bebido bastante? —sugirió el camarero.
—Creo que lo que tienes que hacer es servirme y dejarte de rollos.
El muchacho se volvió y cogió una botella con la etiqueta ilegible de la repisa más alta. Dentro bailaba un licor espeso que cambiaba de color dependiendo de dónde recibiera la luz. Rellenó el vaso hasta la mitad.
—Hasta arriba —indicó el borde del cristal con su índice.
—Lo que usted man...
—Y déjala en la mesa, así no te molestaré durante un rato —le cortó.
El hombre bebía sin tregua, a veces a sorbos, otras de un trago. Reía en ocasiones, lloraba siempre después de vaciar la copa de golpe. Cuando casi había terminado con el brebaje, sacó del bolsillo de la chaqueta una fotografía. Repasó los rostros: él, su exmujer y sus tres hijos aún pequeños. «Entonces éramos felices, ¿recuerdas?».
—Chico, déjame un boli —exigió sin dejar de mirar el retrato.
Empezó a escribir algo en el reverso. Su mano temblorosa y las lágrimas hacían difícil conseguir una buena caligrafía. Cuando acabó, cogió una servilleta de la barra y volvió a llamar al camarero mientras anotaba algo con prisa.
—Oye, ¿te importaría enviar la foto a la dirección que te he apuntado aquí? —preguntó a la vez que la envolvía con la servilleta manuscrita.
—Claro, no hay proble...
—Y abre otra botella de ese veneno —volvió a cortarle.
Con cada nuevo trago, el hombre se retorcía de dolor. Se levantó del taburete e intentó llegar al baño, pero no pudo. Se agarró a la barra, sujetó su vientre y sin poder evitarlo, se puso a vomitar en mitad del bar. Con cada arcada, salían excusas y mentiras, voces y reproches.
—¡Pero qué...! —el camarero salió con fregona en mano.
El borracho trató de avanzar balbuceando disculpas, pero de nuevo el dolor hizo que se doblara. Más mentiras, golpes, borracheras y abusos salían de su boca sin control.
—Venga, tío, vuelve a tu taburete —le acompañó y le ayudó a sentarse.
Dejó caer los brazos sobre la barra y recostó su cabeza sobre ellos. Observaba al chico mientras recogía sus miserias del suelo; al poco se quedó dormido.
Cuando acabó de fregar, el camarero se acercó al teléfono y llamó a alguien:
—Será mejor que vengas a buscarle.


Cuando llegué el hombre seguía dormido.
—Entiendo que es este — dije dirigiéndome al chico.
—Es obvio, ¿no? —respondió sin mirarme.
—Vamos, voy a llevarte a casa.
Eché uno de sus brazos sobre mi hombro y le levanté. Apenas podía andar. Tardamos bastante en llegar. Abrí la puerta y entramos pegando nuestros cuerpos.
—Dios, cada vez me da más asco este olor —exclamé evitando el hedor del aliento del borracho.
Le tendí sobre la cama y le coloqué un poco la ropa para que estuviera presentable cuando le encontraran. Con un simple roce de mi guadaña le arrebaté la vida y me fui por donde había venido.


Días después, alertados por el olor desagradable que provenía de su piso, los vecinos llamaron a la policía. Encontraron su cuerpo hinchado y con un color amarillento. La autopsia reveló que había muerto de una extraña afección, una especie de cirritis que había afectado al corazón, y es que este borracho murió por una sobredosis de tristeza embotellada y con una etiqueta ilegible.


viernes, 6 de marzo de 2015

El artista

A esas horas ya no había casi nadie en el metro. Entró un joven con un maletín de pintura y se sentó a mi lado. Yo leía un libro cuando él empezó a subir la mano por debajo de mi falda. No lo pensé dos veces, aparté mi lectura y me bajé las bragas. Se arrodilló delante de mí y empezó a lamer con ahínco. Me agarré a la barandilla creyendo perder el sentido. «Rápido, la siguiente es mi parada», le informé. Metió sus dedos y rubricó su obra a la perfección.

Olivia

Su cuerpo apenas había estrenado la pubertad. Olivia no sabía nada acerca del sexo y sentía tanta curiosidad como deseo por experimentar. Una noche se metió desnuda en la cama de su hermano Fran. «¿Qué haces?», le preguntó asombrado mientras ella tomaba su verga y empezaba a agitarla sin control. «Así no, déjame que te enseñe». Fue la primera vez que gozaron del amor fraternal.

Preliminares

Me desnudó despacio dejando mi cuerpo al descubierto, esa noche hacía frío y reaccioné rápidamente. «No te cubras», me dijo mientras apartaba la sábana. Empezó a acariciarme lentamente. «Me encanta recorrer tu vello erizado, notar tus glúteos contraídos y jugar con tus pezones erectos». Hicimos el amor. Cuando entré en calor, él ya había acabado.

La decisión

Te juras a ti misma que nunca volverás a dejar que nadie te amedrente. Sin embargo, el cambio de vida te vuelve a colocar sobre la cuerda floja. Sí, sientes vergüenza ajena y sobre todo miedo, pero esta vez el coraje que siempre permaneció en silencio se abre hueco en tu interior. Una fuerza desconcertante lucha por escapar. Pero tu temor a la caída, a los daños colaterales, es mayor y bloquea las salidas.
No entiendes lo absurdo del mundo, esa locura inquietante que demasiados espiran. No quieres dejarte contagiar, te aferras a la objetividad con un afán agotador. Y así, día tras día, supervives portando el amor como escudo.
Te preguntas cuándo acabará todo. Esta dicotomía te está destrozando, no sabes cuánto tiempo aguantarás, ni siquiera qué caerá antes: tu cuerpo y tu mente, quizá ambos al mismo tiempo. Hay que tomar una decisión, es lo oportuno. Razón o locura.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La coleccionista de amantes


En aquel edificio viejo y destartalado vivíamos solo seis mujeres, una por cada década contando desde los treinta, —casualidades de la vida—, en orden alfabético y ascendente. Las señoras Adolfa y Balbina, las más antiguas, vigilaban la entrada a ambos lados del hall. En la primera planta, Cayetana y Domi compartían piso por temporadas: primavera y verano en casa de la primera, y otoño e invierno en la de la segunda. Y en la última planta estábamos Eli y yo. Éramos una pequeña familia, un matriarcado en el que, por años, nos turnábamos la presidencia de la comunidad más como una hobby que como una obligación. Aunque tuviéramos nuestros más y nuestros menos, la simbiosis era perfecta.
Pero esta historia no es la mía, tampoco la de mis vecinas de los pisos inferiores, aunque entre todas ellas daban para una novela de varios tomos. No, esta que os voy a contar es la de Eli.
Eli, de Elicia, detestaba corregir a los de Correos cuando le traían un certificado, aunque más detestaba su nombre. Siempre coincidíamos a primera hora, cuando yo salía a trabajar y ella sacaba de paseo a su bichón maltés, Magnum. Todavía me pregunto qué clase de nombre era ese. Cada vez que lo llamaba, me la imaginaba sujetando las patas traseras de su perro como si fuera el palito de madera, lamiéndolo, la boca llena de pelos. Me da repelús solo recordarlo.
Era una mujer normal, de cuarenta y pocos. No trabajaba. Ninguna sabíamos de dónde sacaba el dinero para permitirse tantos lujos como se daba. Las señoras Adolfa y Balbina tenían la teoría de que era alguna rica heredera que quería pasar desapercibida; sin embargo, Cayetana y Domi se decantaban más por el puterío. A mí, la verdad, siempre me dio igual. Eli era generosa e inteligente, sabía bien a quién y cuándo hacer favores, y siempre correspondía cuando se los hacíamos.
Pero esta historia que os voy a contar tampoco va sobre su vida, al menos no de toda ella; esta que os voy a contar es la de la afición de Eli.
Eli, de Elicia, estaba tres veces divorciada. Las relaciones estables no eran su fuerte. Estaba desencantada del amor; cada vez que me veía entrar a casa con Héctor, mi novio de entonces, sonreía levemente mientras meneaba despacio la cabeza de un lado a otro. Después de cada discusión con él, iba a verla buscando un hombro en el que llorar y siempre me decía: «No te fíes de los hombres, ellos solo quieren una cosa y cuando se cansan de ti, la buscan en otro lado». En una de esas visitas me llamó la atención una vitrina de cristal donde lucían miniaturas de los perfumes más conocidos. En otra, me fijé en la colección de muñecas de porcelana que descansaba sobre varios estantes de la salita de estar. En la siguiente, sobre la repisa del baño, pude contar al menos cincuenta piedras distintas, todas del mismo tamaño. Sí, Héctor y yo discutíamos a menudo, tanto como coleccionables tenía Eli.
Te gusta coleccionar cosas, ¿verdad?
Sí, es mi hobby favorito. Algún día te enseñaré mi colección de llaves y la de collares de perro, una lástima que los hicieran tan grandes, si fueran un poco más pequeños le podría haber puesto uno distinto cada día durante tres meses a mi Magnum —dijo besando amorosamente a su chucho.
Mi vecina era peculiar, pero más lo era la última afición que le conocí: coleccionar amantes. No lo hacía en plan peliculero, era «algo práctico» como a ella le gustaba decir.
Todo empezó el día que se dio la última oportunidad con Cupido; se registró en una de esas web de contactos y conoció a su primer fascículo: Adrián. El muchacho, de mi quinta, se presentaba como alguien discreto y maduro. Después de llevarla a cenar a un burguer, ella le invitó a tomar una copa en su piso (casi mejor que le hubiera puesto un Cola-Cao). Follaron toda la noche, lo sé no porque les oyera sino porque Magnum aullaba a la vez que ellos se dejaban llevar por la pasión. Obviamente no funcionó, ella necesitaba algo más que una hamburguesa y un buen polvo para ser feliz, así que volvió a intentarlo.
El siguiente fascículo vino en italiano. Marco, peluquero y esteticista, prometía embellecer y llenar de color su vida, pero lo único que sacó fue un corte de pelo pasado de moda y unas mechas que no le favorecían nada. Eso sí, volví a aguantar los aullidos del dichoso can una noche más. «A la tercera va la vencida», me dijo cuando nos encontramos una mañana en el rellano. La primavera le trajo a sus brazos a Miguel Ángel, un adonis despampanante que podía sacarte un ojo con el pezón si te acercabas demasiado. Con este repitió un par de noches... Y seguidas... ¡Dichoso Magnum, no se quedó afónico ni con esas! Pero tampoco terminó de convencerla.
A todo esto, las señoras Adolfa y Balbina empezaban a creer en la teoría de las vecinas del segundo, y Cayetana y Domi a envidiarla cada día un poco más. A mí siguió dándome lo mismo lo que hiciera con su vida, lo único que me fastidiaba de aquello era la serenata que daba su perro cada noche de pasión.
Eli empezó a cogerle un gustillo a aquello y decidió coleccionar amantes. Había noches en que las entregas venían por pares; recuerdo una ocasión en la que me presentó a dos gemelos, no recuerdo los nombres. Altos y guapos, —como todos los números de su colección—, trajeados, ambos con gafas de pasta (el mismo modelo en distinto color) que les hacía más interesantes. La noche en la que montaron el trío gritaron el nombre de algún santo cada vez que se corrían, y os juro que recitaron casi todo el santoral.
Cada dos semanas llegaba una nueva entrega. Lo tenía todo calculado: siete días para entablar amistad, tres para intimar por escrito, dos para la relación por teléfono, uno para conocerse en persona y el último para follar. Solo repetía cuando era fin de semana, supongo que para no quedarse sin plan. Nunca había cine ni escapada romántica, y Eli parecía no tener hartura. Después de un par de meses, Magnum cambió su banda sonora por atronadores ronquidos; aún me pregunto cómo podía un perro tan pequeño resoplar con tanta fuerza.
Todo cambió el día que llegó un fascículo especial, de esos que vienen en todos los coleccionables con algún regalo, los que suponen lanzarse hasta el final o abandonar. Conoció a Adela en un chat. Las dos tenían parte de su pasado en común, principalmente los tres ex. No se cumplieron los plazos de rigor dado que mi vecina entendió aquella relación como una bonita amistad. Una noche, después de una visita al Prado, de ir al cine  y unas cañas por la Latina, se fueron a casa de Eli con intención de tomarse la última copa. Estaban intentando meter la llave en la cerradura con la risa tonta del que ha bebido un poco de más cuando yo salía a echar la basura. Reconocí su risa al instante. Imaginaos la escena: ellas vestidas de fiesta con taconazos y yo en pijama y zapatillas de andar por casa.
¿Adela, eres tú?
¡Prima! —dijo mientras se agachaba para abrazarme.
¿Os conocéis? —preguntó sorprendida Eli.
Sí, es mi primita. ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos? —Adela contaba con los dedos meses, años.
Muchos... Ni se te ocurra hacerle daño —susurré mientras lanzaba una mirada inquisitoria a mi vecina.
Eli me lanzó un beso, agarró a mi prima del brazo sin dejar que nos despidiéramos y subieron a trompicones las dos plantas. Aquella noche no se oyó nada, ni siquiera al perro.
Nunca más volví a ver entrar a un hombre en casa de Eli. Acabó su colección de amantes después de casi un año de entregas.
¿Queréis saber qué pasó con el último fascículo? Tendréis que preguntárselo a ella. Si os interesa, alquilo mi piso, es un segundo sin ascensor, tres dormitorios, baño, cocina y comedor, con calefacción central. Totalmente reformado. El barrio es muy tranquilo, tiene zona ajardinada y está muy bien comunicado con el centro. Lo mejor: las vistas y mis vecinas. La única condición: es solo para treintañeras cuyo nombre empiece por «F».