viernes, 4 de marzo de 2016

Entre bambalinas

El mago metió la mano en el sombrero, pero no halló lo que buscaba. Como el público se empezaba a impacientar, insistió una vez más. Agarró con firmeza lo primero que encontró sin percatarse de que era su propio pie derecho y tiró con todas sus fuerzas. Entonces, el mago empezó a entrar y salir de la chistera sin parar. La gente aplaudía con entusiasmo al ver tal espectáculo; mientras, el conejo observaba riendo a carcajadas entre bambalinas.

sábado, 30 de enero de 2016

El concierto

Lo supe desde el mismo instante en que me senté: el reloj se detuvo y me vi envuelto en una extraña combinación espacio-temporal, en una perversa alineación de planetas que hizo sonar el teléfono, el timbre y la alarma del microondas, todo al mismo tiempo. Siempre igual. Pero esta vez no, esta vez no me dejaría vencer. Esta vez lo comprendí. Respiré hondo, pasé lentamente las páginas de la revista y cuando tiré de la cadena, el sonido de la cisterna se unió al concierto de timbres y alarmas. Definitivamente, hay cosas en la vida que no se pueden prever.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Autobiografía

Le encantaba leer biografías, decía que así conocía mejor a las personas. Entre sus amigos contaba a Federico García Lorca y Manuel Machado. «Para escribir como ellos, tengo que saberlo todo», solía decir. Después de repasar todas las vidas archivadas en la biblioteca municipal, decidió redactar la suya. Optó por el camino fácil, buscó un libro de magia y, cuando ya no quedaba nadie en la sala de lectura, preparó el conjuro. A la mañana siguiente, el bibliotecario encontró sobre una mesa el manual «Abracadabra, hechizos, conjuros y encantamientos» y la biografía de Fermín Ponce de León aún sin catalogar.

Prueba Nº 400

25 de enero de 2015
Iglesia de las Trinitarias, Madrid

Siendo las 09:10 a. m., dentro del Proyecto Cervantes, se procede a abrir el nicho número uno situado en la cripta de la iglesia. Se descubren restos óseos humanos junto a tablas que parecen ser de un sarcófago presentando las iniciales «M.C.» escrito con tachuelas en el frontal. Al proceder a retirar las tablas, se encuentra, entre otros, una carta fechada en el año 1605 remitida por Sancho Panza a su señora, Teresa Panza. El posterior estudio científico de la tinta data la misma a comienzos del sigo xvii. La transcripción literal es la que sigue:

jueves, 22 de octubre de 2015

Caso cerrado

La encontraron maniatada al cabecero de la cama, boca abajo, completamente desnuda. De su tobillo izquierdo colgaban las bragas con el encaje desgarrado.
Sobre su cuerpo, dibujadas con su propia sangre, cientos de manos continuaban violentas el trabajo de su asesino. Algunas sujetaban sus tobillos y muñecas luchando contra su resistencia, otras apretaban su cuello ahogándola aún muerta, puños cerrados golpeaban su espalda sin piedad y dedos pervertidos estrujaban su culo hasta penetrarlo. Solo una mano piadosa tapaba sus ojos.
Lo que más tarde descubrieron en el laboratorio científico desconcertó a los investigadores del crimen: cientos de huellas sin identificar.

miércoles, 24 de junio de 2015

Justicia cósmica

Te juro que yo no maté al loro. No negaré que he deseado hacerlo desde que pronunció sus primeras palabras, pero como estabas tan encaprichada con el dichoso pájaro, no podía más que mirar y sonreír a modo de aprobación. Ahora, que disfruté como un enano viendo cómo el gato le partía el cuello en un solo movimiento, lo desplumaba, lo vaciaba con una cuchara sopera y lo rellenaba de un estupendo sofrito a base de cebolla, ajo, tomate y pimentón de varios colores… Que la espera durante la cocción fue agónica y lloré su muerte durante ese rato con una buena cerveza… Que pasado el tiempo indicado en la receta, clavé el tenedor para acabar definitivamente con su sufrimiento y de paso cerciorarme de que estaba en su punto… Que me lo comí con todo el dolor de mi alma y una buena hogaza de pan de pueblo… No, todo eso no puedo negarlo; así fue como el gato acabó con tu loro.

Sobrevivir al amor

La esposa y madre amantísima dedicaba cada minuto del día a su familia, a su hogar y a sus labores. Sacaba tiempo para todo, desde los guisos más exquisitos ya fuera para cinco o para cincuenta, hasta la perfección en cada encaje que más tarde adornaría hasta más ínfimo rincón de su casa. Por la noche, después de bañar a los pequeños, masajear cuidadosamente sus cuerpecitos y ponerles el pijama, les daba la cena, siempre una obra de arte, con las verduras estratégicamente disimuladas tras caritas sonrientes. Los niños estaban bien alimentados, «El cariño», decía, «es el mejor de los aliños». Cuando terminaba de acostar a su prole, se dedicaba por completo a su marido. Su cena, arquitectura efímera de caldos variados y segundos construidos meticulosamente, eran siempre del agrado del buen hombre. Le sonreía mientras comía, con cada bocado un cumplido, algo que detestaba. «No hay cosa más asquerosa que un hombre hablando con la boca llena», se quejaba siempre en secreto, pero agradecería los cumplidos mientras ella se alimentaba a base de verduras cocidas, eso sí, bien escogidas, cada noche de un color para no caer en la rutina. Después del postre, su marido consumía la noche en el salón, no importaba lo que echaran en la televisión, ni siquiera si le gustaba, lo importante era perder su atención entre los decibelios, siempre altos de más según su mujer. Mientras, ella se dedicaba a terminar de limpiar los cacharros y recoger la cocina, a fregar los suelos, a planchar… A lo que hiciera falta, y siempre sacaba tiempo para coger los bolillos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Sensaciones

Sintió un aliento caliente en su nuca. El olor cargante del Ducados negro era inconfundible. Notó la respiración agitada acercándose a su oreja. Desde la cintura hasta el cuello, unas manos dibujaron su perfil sin rozarla; su vello se erizaba según avanzaba. Percibió una inhalación profunda y la esencia de su perfume abandonándola. Un somero roce sobre su hombro descoló su melena. Imaginó al hombre tras ella, se estremeció. El vagón del metro estaba lleno y no podía volverse, no se atrevía. Cerró los ojos con fuerza deseando que el tiempo pasara más rápido. «Disculpe señorita, esta es mi parada».

jueves, 21 de mayo de 2015

Etéreo

«Dios es etéreo». La voz de don Constantino, el profesor de Religión, retumbó por toda la clase mientras los chicos permanecíamos sentados con la mirada fija en su nariz. Ya era casi la hora del recreo y esperábamos impacientes el momento «borrador», cuando el hombre estornudaba sobre la pizarra, ―todo un detalle por su parte evitarnos en la trayectoria―, y el polvo de la tiza salía disparado en todas direcciones haciéndole desaparecer por un momento. Hubiera sido etéreo de verdad si alguna vez, después de nuestras risotadas, después de desaparecer la nube, don Constantino se hubiera evaporado como nuestra fe.

La esperanza es lo último que se pierde

Se detiene frente al espejo más de cinco minutos seguidos. «El día es muy largo para dedicarlo únicamente a los demás», piensa. Hace tiempo que no se toma un descanso, tanto que no recuerda la última vez que hizo recuento de canas. Ahora cubren toda su cabeza. El moño, desvencijado, cae hacia el lado de su perfil bueno, casi le ve la gracia a la maraña desordenada. Imagina que cualquier día se levantará con un nido de golondrinas... «Más bocas que alimentar», suspira.
Observa su reflejo con detenimiento. Las arrugas se extienden desde sus ojos como raíces intentando amarrarse a sus orejas. Y su boca... Muerde sus labios con pena recordando lo hermosos que fueron antaño. En su mirada parece haber quedado atrapada una nube de humo, sus ojos jamás han sido tan grises. Ha envejecido sin darse cuenta.
Se recompone sin dejar de observarse. Cinco minutos más, la comida puede esperar.
Va a su dormitorio. Allí, guardado al fondo de un cajón, descansa el diario de sus diecisiete. Lo saca y busca entre las últimas páginas una fotografía. Ella, con vestido corto de flores y sandalias rosas; él, camiseta y vaqueros ajustados. Ambos miran a la cámara y sonríen mientras brindan con un botellín. Se ha pasado la vida esperando a que él se le declarase; novio tras novio, marido tras marido, hasta cuando enviudó le esperó. Rozando los ochenta, sentada en su cama, se emociona recordando cuánto le amaba, cuánto le sigue amando.
Los gritos de los chiquillos se oyen de fondo, sus nietos la reclaman.
Guarda de nuevo la foto y el diario en su escondite, y vuelve al baño. Recompone el recogido adornándolo con las margaritas que descansan en un vasito de agua, allí mismo moja el peine y marca sus viejas ondas. Del botiquín saca el esparadrapo e improvisa un lifting para disimular sus imperfecciones. Para acabar, busca en el cajón algún pintalabios. Sabe que estarán secos, nunca saca tiempo para arreglarse, pero no le importa. Encuentra uno, rojo cereza; después de un par de intentos sus labios recobran la juventud.
«Quién sabe, igual hoy viene a buscarme».