jueves, 21 de mayo de 2015

Etéreo

«Dios es etéreo». La voz de don Constantino, el profesor de Religión, retumbó por toda la clase mientras los chicos permanecíamos sentados con la mirada fija en su nariz. Ya era casi la hora del recreo y esperábamos impacientes el momento «borrador», cuando el hombre estornudaba sobre la pizarra, ―todo un detalle por su parte evitarnos en la trayectoria―, y el polvo de la tiza salía disparado en todas direcciones haciéndole desaparecer por un momento. Hubiera sido etéreo de verdad si alguna vez, después de nuestras risotadas, después de desaparecer la nube, don Constantino se hubiera evaporado como nuestra fe.

La esperanza es lo último que se pierde

Se detiene frente al espejo más de cinco minutos seguidos. «El día es muy largo para dedicarlo únicamente a los demás», piensa. Hace tiempo que no se toma un descanso, tanto que no recuerda la última vez que hizo recuento de canas. Ahora cubren toda su cabeza. El moño, desvencijado, cae hacia el lado de su perfil bueno, casi le ve la gracia a la maraña desordenada. Imagina que cualquier día se levantará con un nido de golondrinas... «Más bocas que alimentar», suspira.
Observa su reflejo con detenimiento. Las arrugas se extienden desde sus ojos como raíces intentando amarrarse a sus orejas. Y su boca... Muerde sus labios con pena recordando lo hermosos que fueron antaño. En su mirada parece haber quedado atrapada una nube de humo, sus ojos jamás han sido tan grises. Ha envejecido sin darse cuenta.
Se recompone sin dejar de observarse. Cinco minutos más, la comida puede esperar.
Va a su dormitorio. Allí, guardado al fondo de un cajón, descansa el diario de sus diecisiete. Lo saca y busca entre las últimas páginas una fotografía. Ella, con vestido corto de flores y sandalias rosas; él, camiseta y vaqueros ajustados. Ambos miran a la cámara y sonríen mientras brindan con un botellín. Se ha pasado la vida esperando a que él se le declarase; novio tras novio, marido tras marido, hasta cuando enviudó le esperó. Rozando los ochenta, sentada en su cama, se emociona recordando cuánto le amaba, cuánto le sigue amando.
Los gritos de los chiquillos se oyen de fondo, sus nietos la reclaman.
Guarda de nuevo la foto y el diario en su escondite, y vuelve al baño. Recompone el recogido adornándolo con las margaritas que descansan en un vasito de agua, allí mismo moja el peine y marca sus viejas ondas. Del botiquín saca el esparadrapo e improvisa un lifting para disimular sus imperfecciones. Para acabar, busca en el cajón algún pintalabios. Sabe que estarán secos, nunca saca tiempo para arreglarse, pero no le importa. Encuentra uno, rojo cereza; después de un par de intentos sus labios recobran la juventud.
«Quién sabe, igual hoy viene a buscarme».

sábado, 11 de abril de 2015

Desenlace

El mejor desenlace es que nuestro amor no tenga fin.

Efímero

Caminando por la calle, me encontré con tu mirada. Fue entonces cuando me sentí la mujer más bella del mundo. Juraría que me acariciabas con el azul de tus ojos. Me ruboricé y te diste cuenta. Remataste la faena con la más dulce de las sonrisas y casi caí desmayada, podía notar esos labios recorriendo mi cuerpo, lamiendo cada recoveco. Me detuve para gozar del momento. El error fue parpadear; en ese preciso instante, pude ver tu mano en el culo de la que te acompañaba. Y es que el amor, ese amor que siento, siempre es así de efímero.

Maltratador

El escritor, orgulloso de su obra, fue a una editorial a solicitar que la publicaran. Días después recibió un aviso para que asistiera a una reunión urgente con el responsable de Edición.
Sentados en una enorme mesa oval, uno en cada extremo, el autor comenzó a hablar entusiasmado pensando que iba a firmar su primer contrato. El otro hombre le cortó de inmediato. «Disculpe, no estoy aquí para eso. Necesito saber si ha sido usted quien ha escrito esto para tomar una decisión». Un «sí» rotundo, una llamada al interfono, y la sala se llenó de agentes uniformados que detuvieron al escritor.
«Se le acusa de maltrato a las letras. Ahórrese los formalismos, aquí no hay juicio, es culpable y debe pagar su pena. Se le condena a completar los veinticuatro cuadernos de Escritura y los seis de Evolución de la Lengua de Rubio, así como ha completar el manual de Ortografía en Casa de Enrique Fontanillo, incluyendo su libro para colorear. Si después de esto vuelve a presentarnos su obra con una sola falta de ortografía, me encargaré personalmente de que no vuelva a escribir en su vida. ¿Lo ha entendido?».

Por lo que sé, ha reescrito su libro unas cuantas veces; después de leerlo he de reconocer que es una de las mejores historias que he leído nunca. El problema es que siempre se le olvida la tilde de su segundo apellido.

miércoles, 8 de abril de 2015

Serendipia

Era la hora oportuna. Salí al parque y me senté en el banco de siempre. Un minuto de silencio y... Me mimeticé con el viento.
Perseguí la estela de las mariposas y las derribé en pleno vuelo.
Jugué a saltar entre las olas de la maderada en la pérgola.
Me escondí en los nidos ocultos entre las ramas.
Volé a ras del césped dejándome acariciar el vientre.
Hurgué los hormigueros hasta hacerlas correr despavoridas.
Y subí lo más alto que pude hasta perder el sentido, entonces caí sin remedio.
Sesenta segundos bastaron.

... Buscando el silencio me encontré a mí misma.

miércoles, 1 de abril de 2015

La pluma

El escritor estuvo trabajando durante horas delante del ordenador sin percatarse de la presencia de la pluma. Cuando iba a hacer clic sobre la opción «Apagar», reparó en ella. Blanca, canija y sin fuste, había estado todo el tiempo bajo la barra espaciadora. La cogió con curiosidad, giró un par de veces los dedos a ambos lados para inspeccionarla bien y la dejó a su izquierda sin más. Volvió a fijar su atención en la pantalla; fue entonces cuando recordó que le faltaba algo al último documento editado. Lo abrió y firmó al final de la página:

«El Patito Feo»

miércoles, 25 de marzo de 2015

La búsqueda

Entraron hasta el fondo, sin avisar, sin llamar a la puerta. Recorrieron todas las habitaciones, vaciaron los cajones y armarios, pero no encontraron lo que buscaban. La verdad solo la conozco yo y la guardo en mi corazón.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Superventas

El escritor, frustrado por la ausencia de inspiración y presionado por su editor, decidió dedicarse aquella noche a escribir, única y exclusivamente. Nada de música de fondo, ni copa ni cigarro.
Esperó a que todos durmieran. Ya llevaba puesto el pijama cuando se sentó delante del portátil; se colocó cara a la pared como si estuviera castigado para evitar cualquier distracción. Permaneció con las manos sobre el teclado durante unos minutos. Cuando sus dedos, colocados en las letras correspondientes, empezaron a temblar los retiró en puños, con ganas de golpear la máquina o, porqué no, su propia cabeza.
«¿Dónde estáis, malditas?», preguntó apretando los dientes, reteniendo su rabia.
Balanceaba su cuerpo sobre la silla, cerraba los ojos con fuerza y los abría mirando por encima de sus gafas esperando encontrar una palabra, le daba igual la que fuese, una cualquiera que le permitiera comenzar una historia.
«No puede ser, joder. Nueve novelas, siete recopilaciones de relatos, hasta libros de poesía... ¡Y no se me sale nada! ¡Ay, madre, estoy fatal!», gritó en su despacho. Justo después se oyó un shhhh que provenía de su cuarto. «Bruja», le dedicó en un susurro a su esposa mientras se servía la primera copa de coñac. Poco después perdió la cuenta.
Hacia las cinco de la madrugada se despertó babeando sobre su escritorio. «Soy un fracasado», dijo entre sollozos. Con la cabeza aún de lado sobre la madera, se fijó en los ejemplares que lucían en su biblioteca, a un lado de la habitación. Entonces algo se iluminó en su mirada, por fin había encontrado la solución a su bloqueo. Con su cuerpo todavía tambaleante debido al alcohol, se acercó a ellos. Los olió con ahínco, los acarició con lascivia y seleccionó varios al azar sin importar el género literario.
Abrió el primero por cualquier sitio y arrancó la hoja de la derecha. Después hizo girar un bolígrafo por encima y donde paró, copió en su documento de Word la palabra a la que apuntaba. Hizo lo mismo con el segundo, con el tercero... con todos. Solo cambio el orden de arranque de las páginas, alternando derecha e izquierda.
Cualquiera pensaría que aquel hombre estaba loco, hasta su familia lo hizo después de verlo destrozar prácticamente todos los libros de la casa, incluyendo los de recetas de cocina y hasta la guía telefónica. Estuvo días, meses, elaborando aquella absurda obra. El texto no tenía ni pies ni cabeza, no había concordancia, a veces ni verbos, solo palabras, unas detrás de otras. Las únicas que se permitió el lujo de escribir dentro de una más que improbable cordura fueron las de la dedicatoria:

«A mi esposa, la arpía que se queja de mis gritos cuando no hay dios que aguante sus ronquidos,
Y en especial a mi editor, eres un cabrón desalmado y te odio, bien lo sabes.»

En pocos días se convirtió en superventas. Consiguió contentar a su jefe, no tanto a su mujer, pero sobre todo, consiguió volver a dormir tranquilo aunque solo.

martes, 17 de marzo de 2015

La bolsa o la vida

―Los dos muchachos se acercaron a ella, se colocaron uno a cada lado. El más joven sacó una navaja y le preguntó: «¿La bolsa o la vida?». La mujer dejó escapar un leve suspiro, se colocó el pelo y se abrió la chaqueta. Los chicos se miraron extrañados. El del arma, nervioso, volvió a preguntarle: «Venga, vieja, decide ya». Ella se despidió mirando hacia la bolsa y dijo decidida: «La vida» ―narró el testigo al agente.
―¿Está seguro?
Lo que no sabían es que en la bolsa llevaba una cajita de lata y en ella, las cenizas de su marido.